Hace tiempo que me juré reprimir el impulso animal que me lleva a escribir rezumando cursilería. Esto me mantiene alejado de los bares virtuales donde pernoctaba hasta hace no mucho tiempo. Pero los domingos a la mañana, antes de de la primera taza de café, las manos están débiles y se dejan llevar.
Será que diez minutos antes de las ocho, cuando me senté en el borde de la cama, lo primero que vi fueron mis zapatos, esos que uso para ir a la fábrica, tan necesitados de lustre y me acordé de mi viejo, que se llama Miguel y que entre otras cosas es carpintero. Porque mi viejo me enseñó a lustrar mis zapatos, esos zapatos negros con cordones que usaba de chico para ir a la escuela y que volvían siempre llenos de marcas y polvo, porque pateaban las primeras piedras del camino y las pelotas improvisadas con papel y bolsas de plástico que usábamos en el recreo para jugar épicos partidos de fútbol de los que apenas me acuerdo. También me enseñó a caminar. Y no me refiero a esos primeros pasos que di cuando todavía usaba pañales. Me refiero a esos pasos que doy ahora, cuando cada mañana camino las treinta cuadras que separan mi casa de la terminal donde tomo el colectivo que me lleva a Río Blanco. De las pocas cosas de mi infancia que se quedaron marcadas a fuego en mi memoria, los pasos de mi viejo son los más nítidos. Alguna vez lo acompañé al trabajo, cuando trabajaba ahí, en Alto Comedero, cerquita de casa. Ahora me parecen que eran treinta cuadras, pero temo que mi memoria sea víctima de la mañana traicionera. Recuerdo sus botines negros dibujando pasos largos, tan largos que se me hacían inalcanzables. Pasos firmes, tan firmes que parecían sostener el mundo. Recuerdo caminar con la honda colgada del cuello, tratando de mantener el ritmo. Recuerdo mis pies adoloridos, pero contentos. Recuerdo que en ese momento aprendí a caminar.
Y pienso. Pienso que al final de cuentas cada paso que doy encierra un eco que encierra el eco de otros pasos. Pienso que en cada paso que doy está el eco de los pasos de mi viejo y el eco de los pasos de su viejo que era mi abuelo y se llamaba Francisco, como el mayor de mis hijos y como yo, y que entre otras cosas era carpintero. Pienso que sería bonito que mis hijos también escuchen el eco de mis pasos y de los pasos de mi viejo en los suyos. Pienso que no hay manera más bonita de escribir tu nombre en el tiempo.
domingo, 16 de junio de 2013
sábado, 4 de mayo de 2013
La cintura me está matando
Me despertó el dolor. La cintura me está matando. Son los diez kilos que subiré en un par de años. O quizás son las preocupaciones que todavía no tengo pero que me aquejan a diario. Me senté en el borde la cama y encendí un pucho. Tengo la sensación de que no debería fumar dentro de casa, pero nadie se está quejando. Son las cuatro de la mañana y están todas las luces apagadas. Y qué cosa tan rara. Me gusta dejar al menos una luz encendida antes de dormir. Por la ventana sin cortinas entra un débil rayito de luz, gentileza de una luna cuesta abajo. Las cenizas van a parar en partes iguales al piso y al cenicero de River que me mira como despidiéndose, vaya uno a saber por qué.
Apago el pucho y salgo del cuarto. Doy un paso en falso y caigo de rodillas. Mierda, digo, ¿dónde mierda está la escalera? Y me río. Es que no hay escalera en esta casa. Abro la heladera y encuentro los restos de una milanesa a la napolitana y de una coca de tres litros. Desayuno de campeones, me digo y doy cuenta de ellos.
Me meto en el baño. Lavo mis dientes y me afeito. Mientras me miro en el espejo pienso pero qué es esto. El pelo llora de corto. La cara con más granos que vellos. Y me río. Me río otra vez sin venir a cuento. Es que hace quince años que llevo el pelo corto. Es que nunca me dejé el bigote ni quise hacerlo.
Me visto despacio. Fumo otro pucho. El humo juega en el techo. No tengo medias limpias. Voy a buscar las menos sucias en el canasto de ropa sucia que no tengo. La camisa sí que esta limpia y bien planchadita. Es que para mí es una apuesta planchar cada camisa y gano cuando juego. Otra colilla al cenicero. Un poco de gel al pelo. Salgo de casa esquivando los regalos de los perros. Pinches perros, digo y no me entiendo. Empiezo a caminar buscando la parada del colectivo. Voy a llegar tarde al trabajo y me parece raro aunque sé que no lo es. Sigo caminando y me pregunto ¿qué es esto si no es un sueño?
Apago el pucho y salgo del cuarto. Doy un paso en falso y caigo de rodillas. Mierda, digo, ¿dónde mierda está la escalera? Y me río. Es que no hay escalera en esta casa. Abro la heladera y encuentro los restos de una milanesa a la napolitana y de una coca de tres litros. Desayuno de campeones, me digo y doy cuenta de ellos.
Me meto en el baño. Lavo mis dientes y me afeito. Mientras me miro en el espejo pienso pero qué es esto. El pelo llora de corto. La cara con más granos que vellos. Y me río. Me río otra vez sin venir a cuento. Es que hace quince años que llevo el pelo corto. Es que nunca me dejé el bigote ni quise hacerlo.
Me visto despacio. Fumo otro pucho. El humo juega en el techo. No tengo medias limpias. Voy a buscar las menos sucias en el canasto de ropa sucia que no tengo. La camisa sí que esta limpia y bien planchadita. Es que para mí es una apuesta planchar cada camisa y gano cuando juego. Otra colilla al cenicero. Un poco de gel al pelo. Salgo de casa esquivando los regalos de los perros. Pinches perros, digo y no me entiendo. Empiezo a caminar buscando la parada del colectivo. Voy a llegar tarde al trabajo y me parece raro aunque sé que no lo es. Sigo caminando y me pregunto ¿qué es esto si no es un sueño?
jueves, 7 de febrero de 2013
Uno
Uno busca lleno de esperanzas el camino que... No. No, no y no. De ninguna manera. Recitar el tango fatal que aprendimos de memoria en las calles grises que sólo sobreviven en nuestros recuerdos es un ejercicio inútil y suicida. Suicida porque es fácil vivir sin vivir llorando por los rincones tanto de noche como de día. Sabemos que ese tango no es el tango que abrazamos en nuestras noches de insomnio. Sabemos que en nuestro tango desentonamos porque es nuestro. O que desentona el tango en nuestras noches de boca cerrada y mirada abierta, porque la noche no es del tango, aunque quisiera. Sabemos que bailamos solos y en silencio, sentados en una silla de madera dura que poco a poco se fue despintando. Sabemos que la silla nos enfrenta a una mesa hecha de la misma madera que también se fue despintando con el paso de lunas ciegas muertas de frío. Sabemos que sobre la mesa grita la ventana mira, o grita, a ese mundo que está más allá de la puerta, pero despreciamos la puerta porque el mundo nos queda más cerca, o algo así, si nos encerramos con dos candados, tres cerraduras y cuatro cuadros. Sabemos que esta noche terminó hace mucho tiempo y, sin embargo, seguimos tarareando el mismo tango en la noche interminable, fumando uno tras otro esos cigarrillos negros que nos gustan tanto. Sabemos que la ausencia del fin y el fin de la espera es la misma cosa, porque todo da vueltas y vueltas hasta que las mismas vueltas se marean. Sabemos que no depende de nosotros y no nos importa, y al mismo tiempo nos importa tanto que nos vuelve locos y ya no sabemos qué escribimos. Y hasta ahí llegamos siendo uno y tenemos que enfrentarnos con nosotros mismos y decidir y así dividirnos. Dejamos de escribir o escribimos. Y al final da igual. Es lo mismo. Lo que importa es leer, porque lo que es escribir, escribe cualquiera. Es facilísimo.
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