lunes, 12 de agosto de 2013
Es así de simple
Lejos de lo que pueda parecer, soy de los que aman las cosas simples de la vida. Las cosas simples me hacen feliz. Es que las cosas simples tienden a la sinceridad y lo hacen por naturaleza propia, no necesitás empujarlas a ello. Será por eso que, a pesar de lo complejo y complicado de estos dos años juntos, me hacen plenamente feliz las cosas simples de mi vida con vos. Sabés que no me voy a acordar de nuestro aniversario aunque sea doble aniversario, pero hacés como que no te importa, pero dejándome en claro que te importa. Y eso está bien. Sabés que por muchas cosas que intente, al final, la mayoría de las veces me voy a quedar sólo en el intento. Otra vez hacés como que no te importa, pero dejándome en claro que te importa. Y eso también está bien. Te sale tan fácil decirme que soy un boludo como mandarme a la chingada. Y eso me encanta, porque suelo ser un boludo y porque suelo ganarme mi pasaje sin retorno a la chingada. Y lo voy a dejar ahí. Porque bien sabés que es esencial en mi búsqueda, esa que suele estar juntando polvo en la estantería que dije que iba a hacer y que nunca hice, dejar atrás la cursilería, aunque sé que al final no se puede huir de la cursilería, y ya me fui por las ramas de un árbol que no existe y así. Te decía: lo dejo ahí. Nada más voy a decir porque, vos sabés lo que digo cuando nada digo. Es así de simple.
miércoles, 31 de julio de 2013
Entonces me parece que...
Entonces me parece que todo lo que viene después escribir, o sea, revisar, corregir, dejar reposar, volver a revisar y volver a corregir y así, es una serie de trabajos inútiles. ¿Para qué dar tantas vueltas? ¿Dónde está el riesgo si tomo tantos recaudos? Entonces me decido y enciendo un pucho y no escribo nada hasta que no termino de fumar, porque ya lo dijo alguna vez un perro: “O fumás o escribís, no podés hacer las dos cosas al mismo tiempo”, él dijo más o menos eso en mexicano y yo lo repito en argentino porque así me sale. Bueno, la cuestión es que apago el pucho y me largo a escribir como si supiera hacerlo. Aporreo el teclado con sólo cuatro dedos, dos de cada mano, porque no sé hacerlo de otra manera. Dejo de lado la búsqueda de una idea y vomito palabras a diestra y siniestra. Digamos, me arriesgo, dejo que las palabras busquen el camino ellas solitas, que ellas busquen y plasmen la idea. Termino de escribir. Lo sé porque ya no se queja el teclado. Entonces enciendo otro pucho y lo fumo mientras publico una nueva entrada en el blog. Sin revisar, ni corregir, ni dejar reposar, ni volver a revisar y sin volver a corregir y así.
Un par de horas después me pica la duda. Cierro Facebook, igual y ya me cansé de jugar al Candy Crash, cierro Twitter, igual y el chatuiteo ya me aburrió, y abro la página del blog. Leo lo que publiqué más temprano. Digo una palabra, una sola palabra que resume todos los sentimientos que me produce leer lo que estoy leyendo. Porque a veces las palabras sí buscan y plasman la idea ellas solitas. No siempre, no es el caso de la última entrada en mi blog, esta que vos estás leyendo ahora, pero a veces sí. Entonces, como les venía diciendo, digo una sola palabra que resume todo: pelotudo.
domingo, 16 de junio de 2013
Los pasos de mi viejo
Hace tiempo que me juré reprimir el impulso animal que me lleva a escribir rezumando cursilería. Esto me mantiene alejado de los bares virtuales donde pernoctaba hasta hace no mucho tiempo. Pero los domingos a la mañana, antes de de la primera taza de café, las manos están débiles y se dejan llevar.
Será que diez minutos antes de las ocho, cuando me senté en el borde de la cama, lo primero que vi fueron mis zapatos, esos que uso para ir a la fábrica, tan necesitados de lustre y me acordé de mi viejo, que se llama Miguel y que entre otras cosas es carpintero. Porque mi viejo me enseñó a lustrar mis zapatos, esos zapatos negros con cordones que usaba de chico para ir a la escuela y que volvían siempre llenos de marcas y polvo, porque pateaban las primeras piedras del camino y las pelotas improvisadas con papel y bolsas de plástico que usábamos en el recreo para jugar épicos partidos de fútbol de los que apenas me acuerdo. También me enseñó a caminar. Y no me refiero a esos primeros pasos que di cuando todavía usaba pañales. Me refiero a esos pasos que doy ahora, cuando cada mañana camino las treinta cuadras que separan mi casa de la terminal donde tomo el colectivo que me lleva a Río Blanco. De las pocas cosas de mi infancia que se quedaron marcadas a fuego en mi memoria, los pasos de mi viejo son los más nítidos. Alguna vez lo acompañé al trabajo, cuando trabajaba ahí, en Alto Comedero, cerquita de casa. Ahora me parecen que eran treinta cuadras, pero temo que mi memoria sea víctima de la mañana traicionera. Recuerdo sus botines negros dibujando pasos largos, tan largos que se me hacían inalcanzables. Pasos firmes, tan firmes que parecían sostener el mundo. Recuerdo caminar con la honda colgada del cuello, tratando de mantener el ritmo. Recuerdo mis pies adoloridos, pero contentos. Recuerdo que en ese momento aprendí a caminar.
Y pienso. Pienso que al final de cuentas cada paso que doy encierra un eco que encierra el eco de otros pasos. Pienso que en cada paso que doy está el eco de los pasos de mi viejo y el eco de los pasos de su viejo que era mi abuelo y se llamaba Francisco, como el mayor de mis hijos y como yo, y que entre otras cosas era carpintero. Pienso que sería bonito que mis hijos también escuchen el eco de mis pasos y de los pasos de mi viejo en los suyos. Pienso que no hay manera más bonita de escribir tu nombre en el tiempo.
Será que diez minutos antes de las ocho, cuando me senté en el borde de la cama, lo primero que vi fueron mis zapatos, esos que uso para ir a la fábrica, tan necesitados de lustre y me acordé de mi viejo, que se llama Miguel y que entre otras cosas es carpintero. Porque mi viejo me enseñó a lustrar mis zapatos, esos zapatos negros con cordones que usaba de chico para ir a la escuela y que volvían siempre llenos de marcas y polvo, porque pateaban las primeras piedras del camino y las pelotas improvisadas con papel y bolsas de plástico que usábamos en el recreo para jugar épicos partidos de fútbol de los que apenas me acuerdo. También me enseñó a caminar. Y no me refiero a esos primeros pasos que di cuando todavía usaba pañales. Me refiero a esos pasos que doy ahora, cuando cada mañana camino las treinta cuadras que separan mi casa de la terminal donde tomo el colectivo que me lleva a Río Blanco. De las pocas cosas de mi infancia que se quedaron marcadas a fuego en mi memoria, los pasos de mi viejo son los más nítidos. Alguna vez lo acompañé al trabajo, cuando trabajaba ahí, en Alto Comedero, cerquita de casa. Ahora me parecen que eran treinta cuadras, pero temo que mi memoria sea víctima de la mañana traicionera. Recuerdo sus botines negros dibujando pasos largos, tan largos que se me hacían inalcanzables. Pasos firmes, tan firmes que parecían sostener el mundo. Recuerdo caminar con la honda colgada del cuello, tratando de mantener el ritmo. Recuerdo mis pies adoloridos, pero contentos. Recuerdo que en ese momento aprendí a caminar.
Y pienso. Pienso que al final de cuentas cada paso que doy encierra un eco que encierra el eco de otros pasos. Pienso que en cada paso que doy está el eco de los pasos de mi viejo y el eco de los pasos de su viejo que era mi abuelo y se llamaba Francisco, como el mayor de mis hijos y como yo, y que entre otras cosas era carpintero. Pienso que sería bonito que mis hijos también escuchen el eco de mis pasos y de los pasos de mi viejo en los suyos. Pienso que no hay manera más bonita de escribir tu nombre en el tiempo.
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