Uno busca lleno de esperanzas el camino que... No. No, no y no. De ninguna manera. Recitar el tango fatal que aprendimos de memoria en las calles grises que sólo sobreviven en nuestros recuerdos es un ejercicio inútil y suicida. Suicida porque es fácil vivir sin vivir llorando por los rincones tanto de noche como de día. Sabemos que ese tango no es el tango que abrazamos en nuestras noches de insomnio. Sabemos que en nuestro tango desentonamos porque es nuestro. O que desentona el tango en nuestras noches de boca cerrada y mirada abierta, porque la noche no es del tango, aunque quisiera. Sabemos que bailamos solos y en silencio, sentados en una silla de madera dura que poco a poco se fue despintando. Sabemos que la silla nos enfrenta a una mesa hecha de la misma madera que también se fue despintando con el paso de lunas ciegas muertas de frío. Sabemos que sobre la mesa grita la ventana mira, o grita, a ese mundo que está más allá de la puerta, pero despreciamos la puerta porque el mundo nos queda más cerca, o algo así, si nos encerramos con dos candados, tres cerraduras y cuatro cuadros. Sabemos que esta noche terminó hace mucho tiempo y, sin embargo, seguimos tarareando el mismo tango en la noche interminable, fumando uno tras otro esos cigarrillos negros que nos gustan tanto. Sabemos que la ausencia del fin y el fin de la espera es la misma cosa, porque todo da vueltas y vueltas hasta que las mismas vueltas se marean. Sabemos que no depende de nosotros y no nos importa, y al mismo tiempo nos importa tanto que nos vuelve locos y ya no sabemos qué escribimos. Y hasta ahí llegamos siendo uno y tenemos que enfrentarnos con nosotros mismos y decidir y así dividirnos. Dejamos de escribir o escribimos. Y al final da igual. Es lo mismo. Lo que importa es leer, porque lo que es escribir, escribe cualquiera. Es facilísimo.
jueves, 7 de febrero de 2013
martes, 22 de enero de 2013
Hablando de escribir (un texto de F. R. Rabbit)
Cada día escribo menos, pero sigo leyendo igual que antes. Creo que, al fin y al cabo, eso es lo importante. Y cuando digo que sigo leyendo igual que antes, me refiero a que leo todo lo que puedo. Inclusive lo que todavía no está escrito pero que, por esas cosas del destino, cae en mis manos.
Hoy pasó justamente eso. Estaba puteando, como acostumbro putear a diario por cualquier cosa que me pasa o no, y cayó en mis manos, o en mis dedos, o como anillo al dedo, un texto del, por ahora, desconocido F. R. Rabbit. Se llama “Hablando de escribir”. A continuación lo transcribo y dejo a criterio de ustedes condenarlo o salvarlo del olvido.
"Hablando de escribir, te debo un cuento. Sólo un cuento porque tu pelotudez no alcanza para una novela. El cuento está a medio escribir y comienza con tu intento, que de intento nada tiene, de ir más allá tragando unas cuantas pastillas de sabores surtidos. Y de poesía mejor ni hablemos, cualquier poesía que te nombró murió hace más de diez años, hace mucho más de diez años.
La cuestión es que el cuento es tan corto como largo. Comienza justo donde termina. Vos abrís la boca para comer las pastillitas y yo abro los ojos justo a tiempo para ver la salida. Pero me quedo un rato más porque temo perder eso que llamo vida y que no es otra cosa que un chiste sobre idas y venidas.
Para colmo de males es un cuento malo. Y no es un cuento malo porque le pegue a los otros cuentos (que el Negro me perdone el plagio), es malo porque ni siquiera llega a cuento y es más una carta de despedida. La enésima carta de despedida que te escribo. Carta de despedida inútil como todas las anteriores, porque parece que no entendés bien como fue la movida. La movida que empezó hace muchos años atrás. La que dejó bien claro que tu camino es tu camino y mi camino es distinto. Y no olvidemos que el camino es por lo que vivimos."
F. R. Rabbit
"Cuentos o algo así"
(Ed. Aconejadas, 1ra. edición, enero de 2015)
Hoy pasó justamente eso. Estaba puteando, como acostumbro putear a diario por cualquier cosa que me pasa o no, y cayó en mis manos, o en mis dedos, o como anillo al dedo, un texto del, por ahora, desconocido F. R. Rabbit. Se llama “Hablando de escribir”. A continuación lo transcribo y dejo a criterio de ustedes condenarlo o salvarlo del olvido.
"Hablando de escribir, te debo un cuento. Sólo un cuento porque tu pelotudez no alcanza para una novela. El cuento está a medio escribir y comienza con tu intento, que de intento nada tiene, de ir más allá tragando unas cuantas pastillas de sabores surtidos. Y de poesía mejor ni hablemos, cualquier poesía que te nombró murió hace más de diez años, hace mucho más de diez años.
La cuestión es que el cuento es tan corto como largo. Comienza justo donde termina. Vos abrís la boca para comer las pastillitas y yo abro los ojos justo a tiempo para ver la salida. Pero me quedo un rato más porque temo perder eso que llamo vida y que no es otra cosa que un chiste sobre idas y venidas.
Para colmo de males es un cuento malo. Y no es un cuento malo porque le pegue a los otros cuentos (que el Negro me perdone el plagio), es malo porque ni siquiera llega a cuento y es más una carta de despedida. La enésima carta de despedida que te escribo. Carta de despedida inútil como todas las anteriores, porque parece que no entendés bien como fue la movida. La movida que empezó hace muchos años atrás. La que dejó bien claro que tu camino es tu camino y mi camino es distinto. Y no olvidemos que el camino es por lo que vivimos."
F. R. Rabbit
"Cuentos o algo así"
(Ed. Aconejadas, 1ra. edición, enero de 2015)
lunes, 24 de septiembre de 2012
Veinticinco de septiembre
El lunes veinticinco de septiembre de aquel año fue la segunda vez que besé a V. por primera vez. Fue un amanecer frío, después de una noche larga bañada con whisky barato. Desde ese día pasaron seis mil doscientos diez días. Nunca, hasta ahora, escribí una palabra sobre ese momento. Será porque es un hermoso recuerdo. Será porque la casualidad no venía a cuento.
Nada sabía de A. en la madrugada de aquel lunes veinticinco de septiembre. Nada sabía del punto final que escribió ese día de primavera. No sabía que era escritora ni que era argentina. No sabía de las cincuenta pastillas. No sabía de la agonía eterna que corría por sus venas. No sabía que después de catorce mil seiscientos diez días sin vida seguiría escribiendo su poesía y esa prosa visceral que la distinguía. Alguna vez le dediqué un par de líneas, pero eran sólo eso: un par de líneas. Será porque la casualidad no venía a cuento.
Hoy, diecisiete años después de V. y cuarenta años después de A., la casualidad me pide que escriba algo. No sé exactamente qué. Pero, vamos, ¿quién sabe exactamente qué escribir? Y, pues, nada, que aquí estoy, escribiendo por escribir porque es lo que la casualidad manda.
Imagino que esta historia no tiene final porque no tiene principio. Imagino que esta historia va más allá de lo que yo pueda decir en este espacio. Imagino, también, que después de tantos años las cosas están en su sitio, porque el sitio de las cosas está dictaminado por el golpeteo irregular de lo que escribo.
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